29 de octubre de 2026
Vemos en la primera lectura del día de hoy, en la carta de san Pablo a los Efesios, cómo se nos habla del combate.
En la actualidad, en nuestro país, hace poco y también ahora, se habla muchas veces del combate, del enemigo, del invasor, del intruso, del asesino. Incluso personas cercanas o llamadas defensoras de la Iglesia católica y de la doctrina social de la Iglesia.
Es importante no olvidar que la doctrina social de la Iglesia tiene una fundamentación bíblica.
Aquí san Pablo nos explica cómo enfrentarnos a la batalla contra el mal con cosas que parecen simples, pero que no son tan fáciles de lograr.
Nos dice, nos habla de la verdad. Ir con la verdad. Poder vivir en la verdad. Cuando uno lleva ceñida la cintura con la verdad, no hay nada que le dé miedo. Porque no hay nada que puedan achacarle.
La coraza de la justicia. El justo sabrá reconocer sus errores. El justo sabrá repartir justicia. El justo entenderá al oprimido.
La prontitud para el Evangelio de la paz. El Evangelio de la paz. El Evangelio de nuestro Señor. Estar prestos, estar atentos a este Evangelio y conocerlo, amarlo y vivirlo.
El casco de la salvación y la espada del Espíritu. El casco de la salvación y la espada del Espíritu. La espada del Espíritu es la palabra de Dios. Y la salvación: quien cumple la palabra de Dios se salvará.
Hace también Pablo una referencia muy importante a la oración, a la súplica, a pedir, a hacerlo juntos en comunidad.
Orad, pedid en comunidad.
¿Y qué tenemos que orar? ¿Qué tenemos que pedir?
Pues tenemos que pedir la valentía, la osadía, la sabiduría, el don de palabra, la humildad para transmitir el Evangelio. Y transmitirlo con nuestras acciones, no solo con palabras, sino con nuestra acción.
Este fragmento de la carta de Pablo me parece una de las partes más bonitas del corpus paulino, porque se habla de la lucha sin violencia, de la lucha con la palabra, con la justicia. Y se habla de la oración y del poder de la oración también común.
Por eso me escandaliza tanto cuando, en esta guerra y en esta crisis que hay en la actualidad, se habla de luchar, se habla de reconquista, se habla de violencia.
El lenguaje de la violencia.
La Sagrada Escritura no nos enseña eso. Nos enseña a hablar con la verdad. Nos enseña a crear y creer en la justicia.
¡Qué importante es esto para cada uno de nosotros! Pero, sobre todo, qué importante es esto para las personas que dirigen un país o que lo quieren dirigir.
La honradez, la humildad. ¡Qué importante!
Y seguimos con la lucha, con la guerra.
Vemos aquí un salmo, un canto de agradecimiento del rey David al Señor.
«Bendito el Señor, mi roca. Mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo. Mi escudo y mi refugio».
«Tocaré para ti el arpa de diez cuerdas, para ti que das la victoria a los reyes y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna».
La confianza en el Señor, en la batalla. La confianza en el Señor en nuestro día a día. La confianza en el Señor en nuestra vida.
A veces, a veces hacemos cualquier cuestión, cualquier gestión, y nos consideramos fantásticos.
Pero bendito el Señor, que es tu escudo y tu refugio.
A veces estamos en estados de tristeza, depresión.
Bendito el Señor, que es mi roca.
Bendigamos siempre al Señor. Estemos bien o estemos arrastrándonos.
Pero bendigámosle y demos gracias a Dios.
Y hoy el Evangelio de Lucas nos trae ya el recuerdo de la crucifixión, el adelanto, en este caso, de la crucifixión.
Jesús se queja de Jerusalén.
«Matas a los profetas y apedreas a los que se te envían».
¿Cuántas veces matamos las voces que nos quieren ayudar, que nos avisan, que nos interpelan?
¿Cuántas veces dejamos de lado a personas importantes, que valen la pena en nuestras vidas, simplemente porque el mundo y los placeres del mundo nos parecen más importantes y divertidos que esas personas?
Pero se nos olvidan cosas a veces.
Hay personas de estas que dejamos en el camino que no dudarían ni un segundo en hacer de gallina, recogernos bajo sus alas e inmolarse ellas para que no nos pase nada a nosotros.
En esta imagen, en esta metáfora de la gallina, podemos ver claramente al Señor.
Nuestro Señor Jesús nos cubrió a todos bajo sus alas. Nos cubrió a todos bajo su sufrimiento.
Los golpes, las heridas. Todo eso era el mal del mundo atacándolo, martirizándolo. Él, sin embargo, se inmoló a sí mismo para salvarnos a nosotros.
Vemos, por tanto, que la batalla no solo ha de ser con aquello que nos ofrece y nos da Dios: verdad, justicia, don de palabra, cada uno según el don que le corresponda.
La batalla ha de implicar también una oración profunda, una oración en presencia del Señor.
Hemos también de bendecir a nuestro Dios, de alabar a nuestro Dios porque está a nuestro lado.
Y nunca olvidemos que, igual que el Señor se inmoló por nosotros, a veces nosotros tendremos que hacerlo por otros inocentes.
El camino de la cristiandad, el camino para llegar a Cristo, está lleno de sacrificio, de pruebas. Algunas que no nos gustan.
Pero es tan grande la recompensa cuando sientes ese amor, ese corazón que te acoge, que lo único que puedes decir es:
«Bendito el Señor, mi roca. Bendito el Señor, mi alcázar… Perdón, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo. Mi escudo y mi refugio.
Te cantaré un cántico nuevo. Tocaré para ti el arpa de diez cuerdas».

