XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (13 de septiembre)

Este domingo podríamos llamarlo el domingo del perdón. El leccionario, a lo largo de las lecturas propuestas por la Iglesia, nos va hablando de la necesidad de perdonar y también nos habla de la justicia del perdón.

En la primera lectura vemos cómo muchas veces pedimos que nuestros pecados sean perdonados mientras nosotros no perdonamos al prójimo. Uno de los versículos dice: «Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?».

La falta de perdón, el no perdonar, implica faltar a uno de los mandamientos fundamentales de nuestra fe: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

En el salmo se nos recuerda y se nos pone de ejemplo la benevolencia y la misericordia del Señor: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».

Este salmo nos habla de cómo Dios nos perdona. Es compasivo con nosotros. Es un Dios que no busca señalarnos con el dedo, sino que conoce nuestras faltas, se apiada de nuestra fragilidad y nos perdona. Nos acoge como un padre que acoge al hijo pródigo.

En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que somos del Señor y que Cristo murió y volvió a la vida por nosotros. Precisamente por eso, y extrapolando un poco esta lectura, esa muerte en la cruz fue para el perdón de nuestros pecados, lo cual, indudablemente, por amor a Cristo, nos llama a perdonar a los demás, a no juzgar, a intentar entender que todos cometemos errores y fallamos, y a buscar la manera de alcanzar esa paz y esa plenitud que el perdón aporta.

Centrándonos ya en el Evangelio, Mateo 18 nos habla de cómo ha de ser ese perdón: un perdón infinito. No solo siete veces, sino setenta veces siete. Además, nos propone la parábola del criado al que se le perdonan sus deudas, pero él después no perdona las de otro.

Muchos de nosotros nos podemos ver reflejados en esta parábola. Pedimos perdón, pero muchas veces nos cuesta perdonar.

Ante las lecturas de hoy se me plantea una reflexión y creo que es una cuestión importante para mi vida como cristiano y para mi vida en paz y en plenitud. Probablemente algunas personas coincidáis conmigo en esto y probablemente algunas de vosotras que habéis logrado superar lo que voy a plantear podréis ayudarme o aconsejarme sobre esta cuestión.

Soy plenamente consciente de la importancia y de la magnitud del perdón, así como de la capacidad liberadora que tiene el acto de perdonar desde el corazón.

Pero ¿qué pasa cuando el dolor es tan grande que no eres capaz de perdonar? Cuando lo intentas, cuando rezas por esas personas que te han hecho daño de verdad, pero, aun así, no lo consigues. Incluso cuando llegas a sentir pena o lástima, pero te hace daño tenerlas delante.

No voy a ser hipócrita ni voy a decir cosas que no son. A mí me pasa con determinadas personas que me han hecho un daño grande o que se lo han hecho a mi familia, con mentiras, con acciones que han provocado sufrimiento. Un sufrimiento del que ahora mismo estoy intentando salir y del que algunas personas de mi familia no se recuperarán, porque ha condicionado plenamente su vida.

¿Cómo consigo perdonar eso?

Pido al Señor que me dé luz, que no tenga en cuenta sus acciones. Pido al Señor por esas personas, para que cambien su forma de actuar en algunos casos y para que yo sea capaz de entenderlas en otros.

Pero, aun así, muchas veces me cuesta.

Y no es que me cueste porque desee nada malo ni porque quiera vengarme. A veces, lo único a lo que aspiro es a alcanzar la verdad, no como venganza, sino como liberación. Y dudo que, hasta el día en que alcance esa verdad, sea capaz de perdonar.

Lo digo honestamente y sé que no es lo que el Señor espera de mí, ni lo que Él me indica como correcto y bueno para mí. Pero no soy capaz.

Y pido al Señor perdón por esa falta. Y pido al Señor misericordia por esa falta de perdón por mi parte.

En la vida todos hemos tenido que pedir perdón muchas veces y hemos tenido que perdonar. Y es un sentimiento precioso tanto el sentirte perdonado como el sentir que el hecho de perdonar restaura la comunión y la confianza con otra persona.

Pero me duele cuando no soy capaz de hacerlo y no sé cómo caminar con eso.

Confío en que, con el tiempo, con la sanación emocional y espiritual, el Señor me dará la fuerza y la luz necesarias para poder hacerlo. Por un lado, por justicia ante la cruz; también por obediencia a mi Señor y, por otra parte, para poder pasar página y ser verdaderamente libre.

Mientras tanto, rezo por aquellas personas y por mí, y pido a cualquiera que pueda estar leyéndome que, si sabe cómo ayudarme o si sabe cómo enfocar esto de alguna manera teológicamente adecuada, me ayude.

En resumen, me quedo con estas tres ideas: rencor e ira son detestables; el Señor es compasivo y misericordioso, rico en clemencia; vivos o muertos, somos del Señor.

Por tanto, valoremos el hecho de que nosotros buscamos perdón y somos perdonados cuando tengamos que perdonar a otros, sean las veces que sean.

Bendito sea el Señor. Paz y bien.

Nota: Este texto recoge mi reflexión personal sobre lo que las lecturas de hoy me han dicho y suscitado. No pretende ser un comentario teológico ni exegético.

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