Los primeros días de septiembre tienen para mí recuerdos de infancia, de juventud y, además, de cerca de la mediana edad.
Sanxenxo ha sido el destino de las pocas vacaciones que tenían mis padres desde hace años. Empezamos en un piso, después pasamos a un hotel, después nos íbamos a otro piso y, desde hace ya años, estamos en el Hotel Justo, llamado ahora Hotel Atlántico, donde, la verdad, venir es como venir a encontrarse con la familia, porque son una gente maravillosa, auténticamente maravillosa. Gente buena, con un trato espléndido y exquisito.
Los nombres de los chicos de recepción no me los sé, pero tanto el chico que está de noche como la chica que está por las mañanas o los de la tarde son humanos, amables y te reciben como si fuese tu casa.
Marta madre y Marta hija. Marta hija es la directora del hotel ahora. No pueden cuidar a mi padre mejor. Desde que mamá murió y él decidió seguir viniendo, es como tener la tranquilidad de que, cualquier cosa que le pase, ellas se pondrán en contacto y actuarán como si fuesen de su familia.
Lo mismo pasa con Concha y con Carmen, ya jubiladas. Son dos mujeres especiales, encantadoras.
Pero no te venía a contar esto del hotel, antiguo Hotel Justo y actual Hotel Atlántico, sino que, en realidad, durante muchos años a mí Sanxenxo no me gustó. Era playa, comer, playa, piso, playa, comer, playa, piso. Y había veces que me aburría como una ostra aquí. Mostrar el cuerpo tampoco me gustaba mucho.
Pero, con los años, ahora este sitio es para mí como una caja de recuerdos.
Recuerdos de mamá. Recuerdos de mamá y papá. Recuerdos de mis sobrinos cuando eran pequeños, de mi ahijado cuando era pequeño. Recuerdos de paseos, recuerdos con mi hermana y mi cuñado, recuerdos de familia, de algo que hacemos siempre juntos, que es venir a las fiestas de Santa Rosalía en esta época.
Conforme uno va viniendo, le va cogiendo cariño a determinadas cuestiones; en este caso, al hotel y a la gente, a su gente, y a esta santa que desconocía hasta que la conocí aquí.
Desde entonces, Santa Rosalía es un recuerdo siempre en mi vida diaria. La recuerdo como una mujer valiente que dejó todo lo que tenía para dedicarse únicamente a la contemplación de Dios.
Este año fue un año triste. Ya sé que hace once años que murió mamá, pero este año, por fin, he podido empezar a sentir duelo, empezar a sentir dolor por su pérdida. Hasta ahora lo sentí en su momento, pero lo corté, y ahora ha salido.
Los recuerdos aquí vividos me han ayudado. No sé si a ordenar el duelo o a aceptar mejor que no está. Para mí es un logro importante, porque es una sanación muy fuerte.
Ayudarlo a ser feliz y acompañarlo el tiempo que el Señor permita que esté con nosotros. No sé si mucho o no, pero, sea cuanto sea, estaré a su lado. Eso es parte del cuarto mandamiento y quiero cumplirlo a rajatabla.
A continuación dejo una serie de fotografías que resumen cosas y partes importantes para mí de estos días vividos aquí.




















