El Evangelio de hoy me ha hecho reflexionar profundamente sobre varias cuestiones como cristiano y también sobre lo que escribo en algunos de mis textos.
Una de ellas es: «Pagáis el diezmo y descuidáis lo grave de la ley: justicia, misericordia y fidelidad».
Es cierto que muchas veces los católicos, cristianos, nos centramos en las prácticas externas, en el rosario, en la procesión, en poner flores a una imagen, en celebrar tal día de precepto, una serie de cuestiones, pero muchas veces nos olvidamos de lo importante de nuestra fe.
Hay algunas ideas sobre las que, según mi criterio, es importante reflexionar: la misericordia con los que la necesitan, con los que te necesitan; justicia con los que vienen de fuera; fidelidad al Evangelio.
Y esto me ha hecho pensar.
Las veces que escribo llamando, alzando la voz ante determinadas cuestiones o determinados grupos dentro de la Iglesia, o cuando escribo diciendo que se alejan del Evangelio, ¿sigo siendo fiel o infiel a mi Iglesia?
Normalmente no escribo para hacer daño ni para tirar piedras a mi casa, a mi Iglesia. Intento escribir desde el amor de quien pertenece a ella, con el objetivo de mejorarla, de poner voz a aquellas cosas que muchas veces claman al cielo, siempre desde mi punto de vista.
Pero ¿sigo siendo fiel a mi Iglesia? Y, siendo así, ¿cómo ser fiel al Evangelio ante aquellas cosas que me escandalizan de mi propia Iglesia?
Este es un dilema que tendré que resolver.
Jesús también dice en el Evangelio de hoy: «Esto es lo que habría que practicar sin descuidar aquello». Es decir, nuestra fe debe tener un equilibrio entre Marta y María, entre lo que tal vez representa cada una de ellas. No puede basarse solo en la oración si no existe misericordia y justicia. Lógicamente, la oración es imprescindible y básica; cumplir preceptos y requisitos establecidos es necesario, pero debemos entender que tiene mucha más importancia la justicia, la misericordia y la fidelidad.
Porque cuántas veces hemos cumplido con el precepto pero hemos fallado en la intención. Hemos cumplido con el acto, pero lo hemos hecho desde el vacío. Hemos rezado el rosario pensando en la compra del día siguiente.
Esto nos tiene que hacer reflexionar porque, en ocasiones, inconscientemente, metemos la pata, no por maldad, no porque queramos fallar, sino simplemente por costumbre o por preocupaciones, porque la vida te va llevando. Pero hay que pararse y dar valor a lo que tiene valor sin descuidar el resto de cosas.
Pero donde verdaderamente me dio un tortazo el Evangelio fue cuando escuché: «Fariseos hipócritas».
Esta expresión la he utilizado en algunos de mis textos y también la utilizo cuando me refiero, en mis críticas, a determinados sectores de la Iglesia católica.
Sigo sin estar de acuerdo con determinadas actitudes dentro de la Iglesia, pero ¿mido yo a los demás con la misma vara de medir que utilizo para mí?
¿Está mi interior lo suficientemente limpio como para poder juzgar a otro?
¿Quién soy yo para juzgar?
Es cierto que desde el bautismo somos, junto con Cristo, sacerdotes, profetas y reyes. Pero ¿me da eso autoridad para juzgar a un grupo o a una serie de personas, por mucho que quiera defender cierto estilo o modelo de vida según el Evangelio?
En este mismo momento, mientras me planteo esta duda, surge en mí, en el interior, una fuerza que me llevaría a volver a hacer crítica, a volver a decir: «Esto no es lo que Jesús querría».
Pero ¿soy yo quien sabe qué es lo que Jesús querría?
¿De dónde viene mi crítica, mi alzar la voz? ¿Viene del amor y de la fidelidad a mi Iglesia y a mi Dios? ¿O viene también de alguna herida o de algún rencor guardado que no he descubierto?
Yo creo que mi crítica viene del amor, aunque eso no significa que no pueda haber también alguna herida que tenga que mirar. Porque hay cosas, a veces muy sangrantes, pero ¿me limpio yo por dentro lo suficiente?
O, por ejemplo, cuando escribo, ¿exijo o defiendo cosas que después no soy capaz de cumplir en mi vida diaria?
Es fácil decir cómo hay que hacer las cosas.
Escribí algo una vez en uno de mis textos sobre una escena en la que una persona decía a otra que la Iglesia no era el sitio donde pedir ayuda.
Yo estaba allí y no hice nada.
Y reflexionaba sobre la falta de ardor en el corazón de los católicos, cuando a veces convertimos la casa de Dios en una ventanilla en la que mandamos pasar al siguiente funcionario.
Por eso es importante reflexionar sobre los diezmos de aquella época, trasladarlos a los diezmos de hoy y dar más peso a la justicia, la misericordia y la fidelidad.
¿Estaré siendo un hipócrita cuando escribo sobre la Iglesia? ¿Estaré haciendo daño a la institución?
Mi intención cuando escribo es alzar la voz sobre las cosas que me duelen, cosas que entiendo que se dan en la Iglesia.
También es verdad que las cosas se pueden decir de muchas maneras.
Hoy por la mañana, cuando le planteé al sacerdote que celebró la Eucaristía las dudas de las que vengo hablando en esta reflexión, me dijo:
«Vuelve a leer tus textos y mira bien desde dónde escribes. Si ves que hay algo escrito que no sale del amor, elimínalo. Y ten cuidado en cómo se dicen las cosas. Se pueden decir de muchas maneras».
Y es verdad. A veces el impulso, la rabia, nos lleva a decir cosas sin pararnos a mirar nuestro propio interior.
¿Es eso la hipocresía?
Sé que a partir de ahora no voy a callar mi voz, pero sí miraré desde dónde lo digo y cómo lo expreso.
Aun así, seguiré alzando la voz y la palabra.

