Comentario a las lecturas del 24 de agosto

En las lecturas seleccionadas del día de hoy, 24 de agosto, nos encontramos con el Apocalipsis en la primera lectura, con el salmo 144 —o salmo 145, según la numeración—, así como con el Evangelio de Juan.
En la lectura del Apocalipsis se nos presenta la ciudad santa, la ciudad sagrada, con doce fundamentos, los doce apóstoles del Cordero; doce puertas, doce ángeles, doce tribus de Israel.
El salmo nos habla de proclamar la gloria del Reino de Dios y de dar a conocer a los demás sus obras. Habla, en definitiva, de la importancia de decir a los demás lo que uno descubre o conoce de Dios.
En el Evangelio, leído así, sin profundizar demasiado, vemos cómo Felipe, después de conocer a Jesús, busca a Natanael para presentárselo.
Y aquí hay dos cuestiones en las que me gustaría incidir.
Por un lado, si nos fijamos bien, Natanael no reconoce a Jesús simplemente por lo que le cuenta Felipe. Felipe lo lleva hasta Él. Le dice: «Ven y verás». Pero Natanael reconoce verdaderamente a Jesús cuando se encuentra con Él.
Y creo que eso es algo que nos pasa muchas veces a los cristianos.
Podemos llevar años en la Iglesia. Podemos haber pasado por un montón de formas de evangelización, haber escuchado hablar muchas veces de Jesús, haber participado en celebraciones y haber rezado durante años, pero puede ocurrir que todavía no hayamos sentido ese ardor en el corazón.
Y, de repente, un día ese ardor surge.
Y no sabes explicar ese amor que arde dentro de ti por Jesús.
Los demás pueden hablarte de Él, pueden ayudarte, pueden acompañarte y acercarte. La comunidad puede hacer lo que hace Felipe con Natanael: decirte «Ven y verás». Pero después tiene que producirse ese encuentro personal.
Aunque también es cierto que a veces sentimos que Jesús viene a nuestro encuentro cuando menos lo esperamos, sin que en ese momento haya nadie diciéndonos lo que tenemos que hacer o llevándonos de la mano.
Por otra parte, Natanael muestra primero un rechazo, un prejuicio:
«¿Puede salir algo bueno de Nazaret?».
Y, sin embargo, Jesús lo recibe de otra manera. No entra a discutir con él sobre Nazaret. Le dice que es un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Después aparece esa frase que cambia completamente a Natanael:
«Cuando estabas debajo de la higuera, te vi».


No sabemos qué ocurrió debajo de aquella higuera. El Evangelio no nos lo cuenta. Pero Natanael sí sabe lo que significa.
Y ante ese detalle termina reconociendo a Jesús:
«Tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».
¿Cuántos detalles hay también en nuestra vida que nos hacen decir alguna vez: «Esto es cosa de Jesús», «esto es cosa de Dios»?
Quizá sean cosas insignificantes para los demás, pero nosotros sabemos lo que significan.
Y aquí también deberíamos preguntarnos cómo nos acercamos nosotros, como Iglesia, a quienes todavía no conocen a Jesús, a quienes dudan, a quienes desconfían e incluso a quienes llegan con prejuicios.
Natanael llega con un prejuicio. Felipe no le da un sermón: lo invita. Jesús no lo humilla ni comienza reprochándole lo que acaba de decir: lo recibe, se acerca a él y establece una relación personal.
Felipe invita y Jesús acoge.

¿Es nuestra Iglesia así?
¿Invitamos o imponemos? ¿Acogemos o examinamos? ¿Escuchamos primero o llegamos con todas las respuestas preparadas? ¿Nos acercamos DESDE la humildad o desde la superioridad?
Porque no basta con decir «ven y verás» si después lo que alguien encuentra en nosotros no se parece a aquello a lo que lo estamos invitando.
Y aquí creo que puede existir un encaje entre las tres lecturas.
El Evangelio nos dice: «Ven y verás».
Y aquí influye la comunidad, la Iglesia y la forma en la que llamamos, la forma en la que nos presentamos como cristianos.
Ese «ven y verás» es lo que tenemos que hacer con aquellos que no conocen a Jesús.
Pero «ven y verás» no significa darte sermones sobre el cristianismo. También significa mostrarte mi vida como cristiano. Ser cristiano en la vida diaria. Intentar vivir lo que digo que creo. Tener dentro el amor de Jesús para poder transmitir algo de la esencia del cristianismo y ayudar a otras personas a acercarse a Él y encontrarse con Él.
Por eso tantas veces siento la necesidad de volver al Evangelio.
Y por eso también aparecen en mis escritos críticas a una Iglesia que, en ocasiones, puede parecer preocupada por el poder, la apariencia, la rigidez o la altanería.
Porque ese «ven y verás» tiene que ser una invitación.
El salmo nos dice que los fieles proclamen la gloria de su Reino.
Quien se ha encontrado con Jesús empieza a hablar de lo que ha descubierto. Pero no solamente habla con palabras.
Empieza a actuar de una forma diferente, a sentir de una forma diferente, a ver a los demás de una manera diferente, a tener una capacidad de perdón diferente.
A veces incluso son los demás quienes empiezan a decirte:
«Te siento distinto».
«Te noto distinto».
Y quizá tú mismo empiezas a comprender que algo está cambiando porque te has encontrado con el Señor.
Eso no significa que exista una única manera de encontrarse con Jesús ni que todos tengamos que experimentar lo mismo. Cada persona tiene su camino.
Pero sí creo que cuando Jesús entra verdaderamente en tu vida, de una manera u otra algo se mueve.
Algo cambia.
Y creo también que no podemos medir ese encuentro contando prácticas religiosas.
No creo que una persona, simplemente por rezar más rosarios, ir más veces a misa o conocer más cosas sobre religión, haya encontrado necesariamente más a Jesús que otra.
Y con esto no estoy criticando la oración.
La oración me parece imprescindible en la vida del cristiano.
Pero para mí rezar es hablar con Jesús, estar con Él, escucharlo, abrirle el corazón. El rosario puede ser un camino maravilloso de oración. La Eucaristía es central en nuestra vida cristiana. La Escritura y la teología pueden ayudarnos a conocer y profundizar nuestra fe.
Lo que digo es que ninguna de esas cosas debería convertirse simplemente en una acumulación de prácticas externas.
No por repetir más palabras vamos necesariamente a encontrarnos antes con Jesús.
Porque puedes pasar las cuentas de un rosario y estar muy lejos de lo que estás diciendo, y puedes pasar esas mismas cuentas entrando profundamente en oración.
La diferencia no está en las cuentas.
Está en lo que está ocurriendo dentro de ti.
Y eso mismo vale para muchas otras cosas de nuestra vida cristiana.
Desde mi punto de vista, para encontrarnos con Jesús necesitamos abrir el corazón, estar dispuestos a que se nos cambie la vida, estar preparados para lo que venga y dejarnos en sus manos.
Natanael se encontró con Él y bastó aquel detalle:
«Cuando estabas en la higuera, te vi».
Y dijo:
«Tú eres el Hijo de Dios».
La primera lectura, la del Apocalipsis, nos habla después de los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
Aquellos hombres se encontraron con Jesús. Vivieron con Él, dieron testimonio de Él y ese testimonio terminó siendo fundamento para otros.
Y nosotros también somos instrumentos del Señor para acercar a los demás al Señor.
Podemos exponer, explicar y contar lo que hemos vivido cuando nos hemos encontrado con Él.
Pero, sobre todo, podemos mostrarlo con nuestra vida.
Porque llega un momento en que las palabras no son suficientes.
Quiero terminar con un regalo que me hizo una vez un sacerdote que huele a oveja y que me repite cada vez que hablo con él.
Yo tengo dos tatuajes en mis brazos, aunque son de tinta invisible y no se ven.
En el brazo derecho dice:
Confía.
Confía en el Señor, despreocúpate. Él hará. Él te guiará.
Y en el otro dice:
Disfruta.


Disfruta del camino.
Tendrá baches, hoyos, cuevas, praderas llenas de luz y flores, manjares y días de hambre y lluvia.
Pero disfruta.
Porque es el camino que el Señor tiene para ti.

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